Con Los Años Se Aprende A Despreciar La Huida Fácil Y Aceptar La Victoria.

 



No llegó la ignavia de los mortales a ser letálica culpa, pero se arrimó a ser borrón nigricante de su nívea candidez primeva. A la argentada estación sucedió el século ferrugíneo de la insania. Sabe el discreto que de los corderos se hacen los carneros y de los Porcos un puñado de Bravos. La ilación es innegable. Pero aún no lo he dicho todo. Oíd al sapientísimo mitólogo: los vagos de los astados han multiplicado las nequicias pues no hay fatuidad que no tenga sus protectores. Los mádidos colonos paralogizan la corrección, espontanean las fruges y todo los provoca a vómito. Les damos un viaje de cortesía antes de cavar la zanja.

Comentarios

  1. La autopista de noche
    El coche es extraño. A la vez, como una diminuta casa familiar y como una nave espacial. Al alcance de la mano, unos caramelos de regaliz mentolada. Pero en el cuadro de mandos, esos polos fosforescentes de color verde eléctrico, azul frío, naranja pálido. Ni siquiera tenemos necesidad de la radio —dentro de un momento quizás, a medianoche, para escuchar las noticias—. Es agradable dejarse seducir por este espacio. Por supuesto, todo parece dócil, todo obedece: el cambio de marchas, el volante, una pasada de limpiaparabrisas, una ligera presión en el elevalunas. Pero, al mismo tiempo, el habitáculo nos maneja, impone su poder. En ese silencio acolchado de soledad, estamos un poco como en una butaca de cine: la película desfila ante nosotros y parece lo esencial, pero la imperceptible levitación del cuerpo da la sensación de una dependencia consentida, que también cuenta lo suyo. Afuera, en el haz de los faros, entre el carril a la derecha y los matorrales a la izquierda, reina la misma quietud. Pero abrimos el cristal de golpe y el exterior viene a abofetear nuestra somnolencia: es la cruda velocidad que resurge. Afuera, ciento veinte kilómetros por hora tienen la densidad compacta de una bomba de acero lanzada entre dos carriles.

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